Marcelino García Toral protagonizó una corta experiencia de adiós premeditado al frente del Athletic Club, tras un arranque cargado de deseo por Lezama y San Mamés. Durante su segundo ejercicio, el avance se truncó y el silencio en torno al equipo se impuso, con finales perdidos y la sensación de no haber afincado su reinado.
El camino que empezó y volvió
Toda una vida ansiando el Athletic Club, su Catedral y el rito del paso ceremonial, Marcelino llegó al banquillo como si el mundo de Lezama pudiera moldearse a su forma de jugar. El trabajo, sin embargo, le resultó corto y costoso; cuando quiso darse cuenta, el camino de ida trocó en vuelta.
Elecciones y un silencio “contagioso”
En el avance de su segundo ejercicio, “las elecciones” se lo llevaron por delante, y en medio del pulso deportivo se instauró un silencio que provocó vacíos hasta la bandera. En ese escenario, el relato sostiene que no supo ni pudo, pese a aparentes señales de recuperación.
Entre remates y versos, se alude a las “vicegoles” que cantaba con José Mari Mujika, y a la dificultad para convertir metáforas en remates. Vuelve como el que no pudo afincar sus valores y regresar a la estabilidad buscada.
“Veo once leones: el decimoprimero soy yo.”
Personajes, finales y memoria
El texto menciona a Aiarza y Alkorta como escoltas del ánimo ausente, con dos finales de frente que se perdieron “a las dos”. También cita decisiones sobre Ander Capa y el castigo a Íñigo Vicente, en una secuencia donde se retrata una experiencia fallida.
Al cerrar, la memoria de Marcelino queda fijada como una sentencia personal: entrenador del Athletic, pasa por diez leones sesteando y se nombra el decimoprimero, mientras queda la advertencia del P. D. sobre quienes entrenan a caballo entre dos temporadas.















